lunes, julio 10, 2006

DOS POEMAS MACABROS (2004)


DOS POEMAS MACABROS
(2004)
SOMBRAS ELÉCTRICAS
1
Acaso el terror a la obscuridad que sufrimos desde niños sea instintivo, atavismo de milenios depredados por los amos de la noche.
Acaso también sea aprendido, pacientemente inculcado por abuelas, sensato temor a la nocturna violencia de la bestia humana.
No es extraño sin embargo a este horror ciego cierto tabú vudú cristiano maniqueo: es en las sombras donde el enemigo oscuro caza a sus tontas víctimas envolviéndolas en negras redes de artero pecado.

2
Prometeo moderno en este viejo drama fue Thomas Alva Edison: la chispa del fuego eléctrico regaló a los mortales.
Craso error: la caja del gramófono, nueva caja de Pandora; la caverna del kinetoskopio, nympha Echo del christiano Narciso; el cuerno del micrófono, trompeta del séptimo ángel sobre Pafos; bárbara cabalgata de los trenes.
¿Encadenado a qué Tártaro sufrirá hoy el castigo de su sacrílega hybris de demiurgo americano?
¿Romperá sus ataduras algún día el Herakles de Milán, Ohio?

3
Las venerables tinieblas vespertinas retrocedieron de súbito confundidas por el resplandor inédito del insólito artificio.
Las sirenas de fábricas e industrias aullaron de júbilo: ¡la producción redobla!
La vanidad de la calavera se contempló a medianoche sobre un espejo de estrella de la pantalla .
Focos como cañones ultrajaron la doncellez de la sagrada noche y grandes caracteres de neón lo anunciaron a los cuatro vientos y a los siete cielos: el triunfo definitivo del hombre sobre la muerte.
Nacimiento de la bella novia de Frankenstein entre descargas y chispazos.

4
Cien años después de la muerte del Aufklärung empieza apenas el gran Siglo de las Luces, la era electrónica, siglo con pretensiones de millenium.
He leído de otros que leyeron, sabe dios dónde, que los magos indios, egipcios o caldeos conocieron no sólo baterías y pilas sino también bombillas, por no hablar de los levitas y de su tabernáculo celoso que electrocutó a varios incrédulos profanos.
Antiguos misterios y prodigios que a principios del segundo siglo iluminado a nadie interesan ni sorprenden: antes bien, devienen en oscuros chismes para fraudes, poetas, mitómanos, mitólogos.

5
El fantástico Leviatán que respira tras ésta y trillones de ampolletas, tantas como estrellas, tras estas mismas rápidas letras sobre una pantalla iluminada (puras sombras eléctricas) y al cual pocos en realidad sospechan, hace apenas cincuenta años perturbaba las portadas de los diarios y aún hoy es el limes entre Roma y la barbarie, pero en la metrópolis ultraencendida, paradójicamente, tiende a apagarse bajo la cifra de una deuda en una fila: un mero trámite.

6
Y sin embargo a mí me intriga la luz eléctrica más que el fuego a un hombre cavernario.
Y jamás terminaré de comprender cómo, con qué clase de cálculos cabalísticos, hechizos mecánicos y conjuros algebráicos, es posible que el resplandor fulgíneo del fiero Thor y del padre Zeus circule tan manso, tan servil, por los minúsculos caminos de un circuito, confinado a cables y más cables, crucificado y explotado hasta el infinito.

7
He mencionado ya el arquetípico miedo a la oscuridad de los niños.
Relatos campesinos, películas de zombies y vampiros, mis aguzados nervios, mis cotidianas fiebres acrecentaron mi fobia hasta el delirio.
Un diminuto adminículo eléctrico, en la actualidad al parecer extinto, vino entonces en mi ayuda y en ayuda de mi trasnochada madre: tan sólo un enchufe macho con una pequeña ampolleta de plástico, el llamado espantacuco, fantasma benéfico de mis desvelos, de suave luz anaranjada como un hada familiar de terrorífica belleza, asustando a los vagos monstruos de los pozos hondos de lo extraño y de lo ignoto.
Así fascinado por el abismo lumíneo encendí mis pesadillas con los espíritus que bailan una danza de muerte sobre los filos de espadas incandescentes.

8
Nunca olvidaré mi primera vez, mi primera descarga eléctrica, el don de la corriente, el bautizo de los voltios.
El paño bordado de mi abuela y su florero de cristal con crisantemos encima de la estufa ocultando el enchufe del televisor en la muralla.
No recuerdo bien si yo jugaba fútbol o saltaba, si imitaba algún mono de la tele lanzando al aire patadas karatekas, el punto es: voló florero y flores por los aires y con ellas el agua turbia que les servía de alimento.
En el aire se trenzó la magnética cadena entre el enchufe, el agua y mi mano.
La energía latigó todos mis huesos, el poder recorrió mis miembros y con un grito me arrojó sobre la alfombra y rompió el florero.
Había nacido de nuevo entre vidrios rotos y destrozadas flores: ahora era un hombre eléctrico.

9
De muchacho fui díscolo y confuso, mateo y porro, como adolescente adolecí de todo.
Del aprendizaje entre niños pasé tempranamente al liceo para réprobos adultos.
De noche los amplios patios y pabellones presentaban un rostro aún más carcelario.
Como un perpetuo invierno eran las clases bajo la luz triste del tubo fluorescente.
Peor era en verano: los ocasos de oro brillaban afuera sin reflejarse nunca en las pizarras negras.
En los recreos huía entonces solitario en busca de la sombra más espesa, renegando de la luz que enajenaba así mis noches transformándolas en días.
Una de ellas escribí este hosco verso: ’Quién eres, oh divina Electra prisionera’.

10
Una vez bebí con los fantasmas la malta del centeno de Eleusis, un día de otoño a las cinco de la tarde en el parque Bustamante.
A las diez de la noche huía aterrado por la Alameda contemplando cómo la vasta red de luces eléctricas de la urbe confluía hacia los grandes rascacielos del Centro con la energía eléctrica de sus ingenuos usuarios, en cuyas cimas gigantescos demonios repulsivos vampiros informes como bolsas de negro vacío succionaban lenta y poderosamente toda esa energía.
Tal era el delirante sentido oculto y paranoico que así se me develaba de nuestro violento holocausto de electrodos: no la seguridad, no el confort, ni siquiera el lujo, ciudadanos.
Nada más alimentar sin descanso a nuestros victimarios insaciables.
Sólo entre las sombras vegetales del viejo Huelén, envuelto por el susurro amable de sus estatuas y de sus fuentes, encontré aquella vez temporal alivio a mi mudo espanto.
Espanto de las sombras eléctricas que cada noche lo devoran todo: cada calle, cada casa, este texto, este cuarto.




ALWENWARIA

1
Toda urbe repite arquetipos, mandalas trazados ab origen.
La ciudad primordial: Ur, Babel, Roma, subyace en todo Washington, en cada Santiago.
Todas son la misma, única, gran ciudad por antonomasia.
Yantra hermético y trama mágica que exorciza el caos natural y la masa geográfica en articulado kosmos político.
Para chinos o cristianos existe la ciudad celeste, modelo supremo.
El mapuche, a quien repugnó todo hacinamiento, tradujo karapillán: ciudad de dioses; o alwenwaria: ciudad de espectros.
Para los hispanos, veinte expediciones en cuatro siglos sintomatizan el mito de la ciudad como símbolo trascendente: la dorada urbe patagónica, Ciudad de Césares, invisible hasta el Final de los Tiempos.


2
Aquí l’estremeñu, el bisabuelo de la patrie, mandó realizar el artificio barroco par excellence, la representazione del teatro de los mundos, la impronta del viejo en la piel del nuevo: el tatuaje medieval sobre el mapa moderno.
Aquí mandó trazar el tablero de ajedrez sobre el potrero pedregoso del chiliweke, bajo los peumos y boldos donde ya descansan sus wakas, ovishas, mansunes y kawellus: las sabias manos del alarife pesaron y calibraron con amorosa codicia la tierra como a copa de vino; los imaginarios puntos marcaron, desplegaron los hilos de colores, las líneas punteadas de la hermética trama de la urbe inédita dibujaron, con conjuros trazaron su místico cerco.

3
Hombres del rey barren piedras, talan hierba alta, plantan cruces, aran raíces y como viejo que dibuja sueños en la ceniza del brasero, los fijosdalgos se reparten chacras y solares, casorios y frondas, repartidos en cuarenta y nueve manzanas, perfectamente cuadradas por siete calles de este a weste y siete más de sur a norte.
Vacío de muros permanece el centro, la manzana del medio, plaza de armas, corazón de la villa: solar de la feria y la picota, bebedero de bestias, azotadero de chúcaros y rebeldes.
Del plano reticulado punto de fuga estrecho, cercado por las sombras del cabildo, del templo y del presidio.

4
Y así dispuestos en el núcleo del mandalam los torcidos pilares morales de la sociedad cristiana, comenzó la primera partida del gran juego del amor, la avaricia y la muerte ciudadana: aún vienen y van los dados sobre la manta, escudos de plata y pesos de cobre brillan en la penumbra de la manos.
Otra vez parten las carretas del gobernador acarreando viejas armas y peones, cuero, trigo y sebo, decretos reales, quejas y reclamos eternos, armarios con blasones mal pintados, curas, guitarrones y naipes, damajuanas, polillas y chivalongo, a través de los verdes valles del gran valle del Reyno, fundando feudos, fuertes, villas y tramas maniqueas en nombre de los santos y lejanos reyes del tablero.

5
Se cuenta que Valdivia fundó Santiago con mágicos rituales y que en madera y en piedra conjuró a sus espíritus guardianes.
Sin fatigar busqué por años el edificio donde moraban, para rogarles que sanaran nuestro aire.
A veces pensaba: quizás al doblar aquella esquina, se abra para mí la oculta puerta...
Un atardecer, la luz rosada teñía de sangre la nieve de los Andes e inundaba de flores las calles.
Un curadito con rostro de hidalgo, tendido en la vereda y cubierto de harapos, con ojos llorosos musita:
‘Ya no están, ya se han ido, los ingenieros dinamitaron la piedra, derribaron el árbol...’

6
Cuatro horas en bus viajan los niños de una escuela rural para ver las maravillas de la gran urbe: los palacios de gobierno, los grandes museos, el paseo Ahumada, la torre Entel y el Metro.
Todo invaden con gritos y risotadas, con migas de sándwich y cáscaras de naranja.
Los arrea la modesta profesora, entre orgullosa y avergonzada: el grupo es imán para guardias nerviosos y ávidas palomas.
En medio del ensordecedor estruendo de las calles del centro, los rodea, sin embargo, el silencio: la sonrisa compasiva o la mirada desdeñosa del esquivo transeúnte con aires de importancia.

7
Apenas descendió del tren en Estación Central, el estudiante provinciano sucumbió al hechizo capitalino.
Fascinado por sus cantos de sirena vagó por las infinitas calles donde conviven mansiones de Talca, París y Londres con iglesias de Madrid y prostíbulos de Roma; hombres blancos y negros, mujeres hermosas como ángeles y tristes monstruos deshechos; venerables reliquias y brillantes objetos modernos.
Una imagen completa del universo se ofreció a sus ojos y a sus pasos.
También un laberinto, un enigma ciego.
Smog, cesantía, asaltos, deudas, cemento eterno.
Largos años de sueños verdes y despertares grises han terminado por trocar su fascinación en desencanto.

8
Sobre la negra y embrollada madeja de hilo del mapa de Santiago las coloridas trayectorias de la red del tren metropolitano semejan letras, signos cabalísticos o constelaciones estelares sobre la espiral de una galaxia.
¿Qué lecturas darían dichos signos?
Una especie de síntesis, de limpio resumen, mundo paralelo surgido sobre la ciudad vieja: ciudad aérea o subterránea cien años más moderna, hecha de acero, de pevecé y de fierro.
Pacífica, esterilizada y aséptica, inmune al bandolero, al grafitti y al feriero.
Utópico reino donde suave música conduce las elásticas máquinas eléctricas, repletas de quietos pasajeros que contemplan sus bruñidos y felices reflejos.
9
Recuerdo que siendo niño, en la provincia, conocí a un joven que, para recordarlo, fotocopió las 40 páginas del mapa del Gran Santiago que ofrecía la guía telefónica.
Con paciencia armó el confuso puzzle y lo pegó en su pieza, sobre la cabecera de la cama a modo de amuleto.
¿Vivirá ahora perdido en ese laberinto que presidió sus sueños?
Alguien dijo anoche: ‘el problema no es que la ciudad cambie antes de que pueda constatarlo, el problema es que yo ya no recuerdo lo que había aquí antes de este edificio.
Cada vez voy olvidando más cosas, más luego...’

10
La hermosísima joven que dorada y elegante como leona recorre callada y majestuosa todas las comunas y provincias del Gran Santiago.
Que viaja por todas las estaciones, por todas las líneas del metro, que camina por todas las calles, que toma todas las micros y que lo hace al mismo tiempo, simultánea y ubicuamente, cada mañana, cada día muy temprano al salir el sol sobre las montañas de los Andes y sin que nadie o casi nadie de los millones de transeúntes que la rodean a diario sea capaz de recordarla o siquiera de advertirla.
Siempre dormidos, ignoran a la diosa de la ciudad que camina entre ellos.

11
Pese a que comúnmente el gran hormiguero en que habitamos tiende a desdibujarse y desaparecer bajo la máscara gris de la máquina dentro de la cual sobrevivimos alienados y sujetos al sistema de control de la existencia, víctimas de accidentes de tránsito, de robos y de asaltos, de deudas y de enfermedades de consumo, subsiste intocada sin embargo la magia sublime y la fantasía de la vida en cada milímetro de tierra, de aire o de verde crecido preso dentro de los muros de la urbe: árboles resistiendo valerosos a las hachas de los orcos, perros alimentados por vecinos amigos de los elfos.

12
Los helenos sabían que los ríos son deidades muy antiguas habitados por miríadas de ninfas, náyades y espíritus poderosos.
Era prudente por parte de los mortales venerar a númenes tan comprometidos en la supervivencia de los hombres y ofrendar regularmente, en sacrificio a sus santas aguas, flores, frutos y víctimas de hecatombe.
En contraste, hoy el río es inerte cauce del recurso renovable, contaminado, desviado y manipulado con tanta falta de respeto como exceso de inconsciencia.
A nadie entonces debiera sorprender cuando el ofendido dios Mapocho burla sus cadenas y cobra, furioso, la vida de un trabajador o de un borracho.

13
Un vendedor ambulante juró por la memoria de su madre haber visto y escuchado al fantasma del mismísimo presidente Allende a la salida del metro Pila del Ganso.
Un hombre se acercó para comprarle y el vendedor le dijo:
-‘Oiga, usted es igualito a don Checho’.
El hombre respondió mostrando un agujero en el cráneo:
-‘Sí, soy yo, mire como me quedó la cabeza con los disparos’.
El vendedor no da crédito a sus sentidos pero le pregunta:
-‘¿ Y que anda haciendo por acá, don Salva?’
-‘Voy huyendo de los militares, pues, hombre:’- el difunto responde -‘en Valpo me espera un barco’.

14
Misteriosamente contagiados por las pestes de turno, los trabajadores de obras públicas de Santiago son diezmados hasta la extinción en consultorios y sapus.
La fatalidad usual en estos casos desata un temporal sobre la Región Metropolitana.
En el lapso de una semana todo el sistema de colección de aguas lluvias colapsa reventando de barro todos los pozos de alcantarillados, sacando de madre al Mapocho y al San Carlos y transformando a la capital en una sorprendente red de lagunas, estanques y piscinas, donde ya circulan las primeras embarcaciones improvisadas.
Los siempre originales periodistas declaran extasiados:
-‘Asistimos al nacimiento de la Venecia sudamericana’.

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